La app con las ventanas rotas

Hoy te voy a explicar por qué no quieres una app a través de una historia real.

He titulado esta historia “La app con las ventanas rotas”.

El famoso síndrome de las ventanas rotas nos habla del contagio de las conductas incívicas y de cómo un edificio con una ventana rota invita al vandalismo, al descuido y a la final destrucción del resto de ventanas, porque ‘si nadie se ha preocupado de cuidar este edificio, ¿por qué debería hacerlo yo?’

Este síndrome aplica a los desarrollos de software; sobre todo aquellos en los que interviene un número alto de desarrolladores, ya sea en paralelo o a lo largo del tiempo.

Hace años yo participé en un desarrollo de una app hecha con Cordova como wrapper del extinto Angular.js. Cuando yo llegué, aquel edificio no tenía una sola ventana entera y yo – asumo mi parte en la ecuación – tampoco hice nada porque eso cambiase. 

Aquel proyecto se había hecho a base de aportaciones de decenas de becarios que, igual que yo, habían encontrado aquellas ruinas. Si usabas el blame (herramienta para ver quién ha hecho qué cambios) veías que aquel proyecto lo había tocado hasta el gato de la portera.

El resumen del desastre podría ser que TODA la lógica de negocio de la aplicación se encontraba en un único fichero. Cuando yo llegué el fichero tenía aproximadamente 16.000 (dieciséis mil) líneas. Si hacías una búsqueda, el fichero tenía decenas de métodos “guardar”. Un festival de controladores. A estas alturas puedes imaginar que no había tests de ninguna clase, ni ningún tipo de arquitectura, abstracción o mínima metodología para el desarrollo. ¿Documentación? Já.

¿En qué se traducía esto?

En que cada vez que el cliente llamaba para pedir algún cambio, por mínimo que este fuera, nos poníamos a temblar. Sabíamos que el proceso iba a ser tortuoso, lento y que probablemente rompiésemos más cosas que las que pusiéramos a funcionar.

Tanto para la empresa como para el cliente esto suponía un coste altísimo. 

Para el desarrollador suponía la perdida de la fe en el desarrollo de software. Un ‘qué hago yo aquí’ inmenso; lo que derivaba en hacer el trabajo de cualquier manera para quitárselo de en medio. Otra pedrada. Otra ventana rota; o ya íbamos a por los muros de carga, qué se yo.

La cuestión es que en el teléfono esa app funcionaba (la mayoría de las veces). Pero el coste tanto económico como emocional de su desarrollo y mantenimiento era desorbitado, tanto para la empresa como para el cliente.

Por eso tú no quieres una app.

Al menos no una app que funcione – de aquella manera – y ya está.

Quieres un producto de calidad. Un software que este preparado para crece y cambiar. Y también deberías querer tener el conocimiento y la información técnica relevante para saber qué cambios son los adecuados en cada momento y qué implicaciones estratégicas y económicas tienen esos cambios.

Si ya lo tienes claro, ¡Contacta ya!

Volveremos con más historias.

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