El yin y el yang

Hoy me he propuesto hacer una confesión; un manifiesto comprometedor. Verás qué PUTADA.

Durante un tiempo, mientras me empleaba haciendo apps en las empresas de otros, sentía que algo en el proceso estaba esencialmente mal. Yo me sentía mal. Sentía estar desperdiciando el tiempo en construir algo que nadie querría. Y si le viesen las tripas, menos aún. Pero no entendía qué es lo que estaba mal en todo aquello.

(…)

Durante mucho tiempo pensé que lo que estaba mal era la forma de desarrollar. No aplicábamos buenas prácticas, ni patrones de diseño; el software no era de calidad y se hacía difícil lidiar con él. En cuanto los proyectos crecían un poco, empezabas a sentirte Ulises en mitad de una tormenta.

Bueno, aquello también era cierto. Poco a poco intenté ponerle remedio. Me afané (¡qué palabra te acabo de colar!) en crear plantillas que recogieran buenas prácticas y explicar sus razonamientos a mis compañeros; en recopilar materiales que permitieran al equipo trabajar desde un mismo lugar. El dolor se aminoraba, pero no se iba del todo.

“¡Qué depresión! ¿Esto era? ¿Por esto dejé el Derecho? A ver si el problema lo voy a tener yo….”

Tranquila, la historia termina bien. O medio bien. Verás.

A medida que los conceptos básicos de desarrollo de software iban calando, mi cabeza empezó a encontrar sitio para otras cosas. Me permití a mí mismo alejar la vista del mapa y tomar una perspectiva mayor. Empecé a investigar conceptos de negocio, de producto y de experiencia de usuario…

Poco a poco (que es como suceden las cosas importantes… chup, chup) todo empezó a encajar. Y de repente un día, casi como una Epifanía, lo vi claro:

El yin no es sin el yang y viceversa.

El desarrollo no es sin experiencia de usuario y viceversa.

Las apps son productos muy complejos en los que la experiencia de usuario se separa de la mera definición del producto o sus características y, sin ella, el producto en sí es incompleto y anticipadamente obsoleto.

Aquellos desarrollos carecían de un trabajo previo y paralelo de experiencia de usuario y de estrategia de negocio. Eran un fracaso antes de codificarse porque no estaban pensados para quienes los iban a usar ni se había trabajado en los objetivos que se querían lograr. Su ideación se basaba únicamente en necesidades transitorias de la persona u organización que invertía dinero en su desarrollo.

El problema de tener algo claro es que te compromete.

Ahora que sé que la app es lo de menos, que ‘no quieres una app’, he de ser consecuente con ello.

Ahora mi negocio tiene que ser diferente. Y eso, aunque no lo creas, es una PUTADA mayúscula.

Es una putada porque necesito que el cliente esté en el barco. Que entienda lo que te estoy explicando arriba.

¡Como si el cliente no tuviera bastante con sus movidas y con entender que Android y iOS no es lo mismo! ¡Está para yines y yanes! ¡En Llanes, un cachopo!

Así que aquí me ves, día a día, predicando en el desierto.

Pero, ¿sabes qué? No me importa todo este trabajo extra. No me importa tener que formarme cada día en UX o negocio o desarrollo; no me importa tener que leer cada día 3 blogs o escuchar podcast en los que obtener ideas para traerte y hacerte embarcar conmigo.

¿Por qué?

Porque el dolor ya se ha ido.

Adiós.

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